REVESCO. Revista de Estudios Cooperativos. ARTÍCULOS
e-ISSN: 1985-8031
Patricia Homs Ramírez de la Piscina
Universidad de
Barcelona (España)
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Sara Sama Acedo
Universidad Nacional
de Educación a Distancia (España) ![]()
David Berná Serna
Universidad Complutense
de Madrid (España)
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https://dx.doi.org/10.5209/REVE.97856 Recibido: 09/01/2024 • Aceptado: 02/08/2024 • Publicado: 23/09/2024
ES Resumen. Desde los años noventa, la agroecología se ha extendido a lo largo del estado español a través de diferentes agentes implicados en el desarrollo de sistemas alimentarios territorializados. En Cataluña, durante este recorrido los grupos y cooperativas de consumo vinculadas a pequeños proyectos productivos han tenido un papel esencial tanto en el apoyo y la viabilidad de los proyectos productivos como en la difusión de los valores agroecológicos. Desde el 2015, se observa un cierto estancamiento en el desarrollo de los grupos de consumo en relación al número de colectivos y a su tamaño. Paralelamente, empiezan a gestarse nuevos modelos de sistemas de aprovisionamiento agroecológico de mayor escala y vinculados al desarrollo de la Economía Social y Solidaria como los supermercados cooperativos. Estas nuevas formas organizativas tratan de superar algunos de los desafíos planteados por el modelo de sistemas de aprovisionamiento agroecológico más extendido de menor escala; concretamente con relación a la homogeneidad socioeconómica entre los miembros y la falta de integración de los cuidados en la organización de la cooperativa. Este artículo analiza datos de nueve proyectos de aprovisionamiento agroecológico de mayor escala recogidos a través del trabajo de campo etnográfico realizado entre 2020 y 2022 en Cataluña. El objetivo de la investigación es analizar la sostenibilidad de estos nuevos modelos en relación con los desafíos anteriormente mencionados, así como las estrategias y mecanismos para lidiar con los mismos. Los resultados apuntan a una reflexión en torno al concepto de economía moral en estos colectivos que plantean (re)incrustar los sistemas de aprovisionamiento alimentario en valores como la reciprocidad, la confianza, la sostenibilidad y la justicia ambiental y social. ¿En qué medida podemos referirnos a estos sistemas alimentarios como transformadores?.
Palabras clave. Agroecología, cooperativas de consumo, exclusión, cuidados, economía moral.
Claves Econlit. B54, L31, Q01, Z10.
ENG Agroecological cooperativism sustainability: challenges of cooperative supermarkets and other growth models in Catalonia
ENG Abstract. Since the nineties, agroecology has spread throughout Spain through different agents involved in the development of territorialized food systems. In Catalonia, food-coops linked to small farming projects have played an essential role both in the support and viability of farming and in the dissemination of agroecological values. Since 2015, there has been a certain stagnation in the development of food-coops in relation to the number of groups and their size. Simultaneously, new models of larger-scale provisioning agroecological systems linked to the development of the Social and Solidarity Economy, such as cooperative supermarkets, are emerging. These new organizational forms try to overcome some of the challenges posed by the more widespread, smaller-scale model; specifically in relation to the socioeconomic homogeneity among members and the lack of integration of care in the organization of the cooperative. This article analyzes data from nine larger-scale agroecological provisioning projects collected through ethnographic fieldwork carried out between 2020 and 2022 in Catalonia. The research aims to analyze the sustainability of these new models in relation to the aforementioned challenges, as well as the strategies and mechanisms to address them. The results point to a reflection on the concept of moral economy in these collectives that seek to (re)embed food provisioning systems in values such as reciprocity, trust, environmental and social sustainability and justice. To what extent can we refer to these food systems as transformative?.
Keywords. Agroecology, foodcoops, exclusion, care, moral economy.
Sumario. 1. Introducción: los inicios de la agroecología y los sistemas de aprovisionamiento agroecológico en Catalunya. 2. Marco teórico: florecimiento y limitaciones del consumo agroecológico. 3. Metodología. 4. Discusión. 5. A modo de conclusiones: hacia la sostenibilidad de la vida en el movimiento agroecológico. 6. Referencias bibliográfícas.
Cómo citar: Homs Ramírez, P.; Sama Acedo, S. & Berná Serna, D. (2024). La sostenibilidad del cooperativismo agroecológico: desafíos de los supermercados cooperativos y otros modelos de crecimiento en Cataluña. REVESCO. Revista de Estudios Cooperativos, 149(1), 1-14, e97856. https://dx.doi.org/10.5209/REVE.97856.
La agroecología nace y se extiende en América latina hacia los años 70 y 80 a partir del encuentro entre prácticas campesinas arraigadas al territorio y la perspectiva académica de autores como Stephen Gliessman o Miguel Altieri (Homs, Flores-Pons y Martín, 2021). En este sentido, desde un inicio la agroecología se considera como una disciplina científica, un conjunto de prácticas campesinas respetuosas con la vida y un movimiento social o político (Sevilla-Guzmán y Woodgate, 2013; Wezel, Bellon y Doré, 2009).
En palabras de Eduardo Sevilla Guzmán (2011: 13), la agroecología es "el manejo ecológico de los recursos naturales a través de formas de acción social colectiva que presentan alternativas a la actual crisis civilizatoria" y esta gestión de los sistemas alimentarios se da a través de "propuestas participativas desde los ámbitos de la producción y la circulación alternativa de sus productos, pretendiendo establecer formas de producción y consumo que contribuyan a encarar el deterioro ecológico y social generado por el neoliberalismo actual".
En este sentido, la agroecología desarrolla sistemas alimentarios más justos social y ambientalmente en un contexto agroindustrial dominante desde la Revolución Verde. La Revolución Verde supuso el despliegue de sistemas alimentarios basados en el productivismo a través de la intensificación, concentración y especialización de los cultivos. Estos procesos fueron acompañados de una fuerte industrialización del campo y la dependencia de los sistemas agrarios de los combustibles fósiles y los productos agroquímicos (Baranski, 2022). Además, a lo largo de todo este proceso se produce una subordinación del conocimiento campesino a los avances científicos (Hill et al, 2020).
En este contexto, los discursos y prácticas agroecológicas se sustentan en tres dimensiones clave: la ecológico-productiva, la sociopolítica y la socioeconómica y cultural. De tal manera que la agroecología busca no solo un cambio productivo en base a la agricultura ecológica sino también un cambio socioeconómico a través de la participación y el control de los sistemas alimentarios por parte los agentes locales, así como una transformación sociocultural y política (Sevilla-Guzmán, 2011).
Hacia los años 90, la agroecología llega al estado español gracias a agentes del ámbito académico como el Instituto de Sociología y Estudios Campesinos (ISEC) de la Universidad de Córdoba que desarrollan una sociología agroecológica, y otros agentes como el Sindicato Obrero del Campo (SOC) (Sevilla-Guzmán, 2006). De forma paralela, se desarrollan experiencias prácticas desde la producción y el consumo que proponen prácticas transformadoras productivas, organizativas y de funcionamiento de los sistemas alimentarios como las asociaciones de productoras y consumidoras o las cooperativas de consumo (Cuellar y Sevilla, 2013; Guzmán, González de Molina y Sevilla, 2000; O'Hare, 2022). En Catalunya, a pesar de que antes de los noventa ya existían propuestas de consumo organizado como algunas cooperativas de consumo (El Brot en Reus, 1979; El Rec en Barcelona, 1985; El Rebost en Girona, 1988) y proyectos de producción ecológica, es a partir de los años noventa que se empieza a reivindicar la agroecología. Precisamente, la expansión del movimiento agroecológico coincide con la introducción de los reglamentos gubernamentales de certificación ecológica por tercera parte, es decir, cuando la certificación se basa en una entidad externa que aplica una serie de procesos de control técnico que aseguran que el producto se ajusta a unas normas concretas. Desde diversos colectivos se destaca que a lo largo de este proceso de normativización e institucionalización de la agricultura ecológica se pierden las dimensiones sociales, económicas, políticas y culturales de los sistemas alimentarios que son reivindicados desde el movimiento agroecológico como aspectos esenciales (Giraldo y Rosset, 2017).
Una de las expresiones más desarrolladas y extendidas en el territorio catalán del movimiento agroecológico a lo largo de estas décadas son los sistemas de aprovisionamiento configurados por cooperativas o grupos de consumo de pequeño tamaño (unas 25-30 unidades de consumo) y los proyectos productivos que las abastecen de productos frescos con los que mantienen relaciones directas, de compromiso, confianza y reciprocidad (Alquézar, Homs, Morelló y Sarkis, 2014). Estas redes suponen la construcción colectiva de sistemas alimentarios más sostenibles y respetuosos con el medio ambiente y las personas (producción local, reducción del desperdicio alimentario, precios justos, organización democrática, etc.) Además, han sido fuente de inspiración, aprendizajes y difusión de la agroecología en otras capas de la sociedad (Mundubat, 2012: 10; Michelini y Abad, 2017: 682).
A pesar de que no existe un censo oficial con el número exacto de cooperativas y grupos de consumo agroecológico, se calcula que en Catalunya hay alrededor de unos 160 colectivos, sesenta de ellos ubicados en la ciudad de Barcelona (Fernández y Miró, 2016; Espelt y Vega, 2018).El formato más común de las agrupaciones de consumidores son colectivos registrados como asociación, o bien sin ninguna personalidad jurídica, configurados por entre 15 y 30 unidades de consumo integradas por 3-4 personas que mantienen relaciones de parentesco o de convivencia. Gran parte de los colectivos no tienen servicio de venta al público, se organizan en base al trabajo no remunerado de los miembros y la toma de decisiones es asamblearia. En la mayoría de los grupos, se ha tendido a no exigir la certificación oficial de producción agraria procedente de la agricultura ecológica y las relaciones con las productoras se han basado en la transparencia, la confianza y la reciprocidad. Por su parte, los proyectos productivos abastecen a los grupos de consumo de forma directa, sin intermediarios, de productos frescos y de temporada. Estos proyectos de producción cultivan entre 2 y 5 hectáreas de huerta o gestionan pequeños obradores de elaboración de alimentos agroecológicos.
El modelo de crecimiento de estas redes se ha basado en la multiplicación de los colectivos, es decir, los colectivos establecen un límite de personas que pueden ser socias para garantizar la autogestión, la participación y el funcionamiento del colectivo. Este límite suele situarse entre las 20 y 30 unidades de consumo. Una vez alcanzado dicho número se inicia una lista de espera y, a medida que esta crece, se propicia la creación de un nuevo colectivo réplica del inicial.
Si nos fijamos en el crecimiento del número de cooperativas y grupos de consumo, observamos que este ha sido exponencial; desde los inicios de los años 2000 cuando se contaban 12 cooperativas y grupos de consumo en toda Catalunya a los más de 160 actuales (Espelt y Vega, 2018). Sin embargo, a partir del 2015 se observa un cierto estancamiento en este crecimiento, lo cual coincide con una mayor presencia de productos ecológicos en los supermercados convencionales (Martin, Homs, y Flores-Pons, 2017). Este estancamiento se ha relacionado también con los diversos límites que plantea el modelo de redes de aprovisionamiento agroecológico más extendido en Catalunya. Algunos de los límites destacados en los debates y análisis académicos se relacionan con: la reproducción de las desigualdades en el seno del cooperativismo de consumo agroecológico, la homogeneidad sociológica en términos de clase, género, edad, diversidad funcional, hábitos alimentarios y culinarias y prácticas culturales (Marfà, 2019; Ruiz Pascua, 2023), la falta de democratización de los cuidados en los colectivos (Rivera, 2018:7-8; Homs et al., 2021), la relación directa (Martin et al., 2017), la dependencia del trabajo no remunerado de los colectivos (Homs et al., 2021) y el tamaño de los colectivos (Martin et al., 2017). En este contexto emergen de forma paralela otros modelos organizativos que proponen un cambio de escala para superar algunos de estos retos (Martín et al., 2017; Lodeiro, 2018; Suriñach, 2017; Sahakian, 2017). En concreto, a lo largo de estos últimos años se han desarrollado diversas propuestas vinculadas a la Economía Social y Solidaria (ESS) como son los supermercados cooperativos. Estas nuevas formas organizativas tratan de superar algunos de los desafíos planteados por el modelo de sistemas de aprovisionamiento agroecológico más extendido en Catalunya. En general, introducen horarios más amplios y similares a los de los comercios convencionales, en algunos casos incluyen tiendas abiertas a personas no socias, ofrecen una mayor diversidad en la variedad de productos y apuestan por la profesionalización de las tareas vinculadas a la gestión de la tienda, aunque no en todos los casos se elimina el trabajo no remunerado realizado por socias del colectivo.
Estas iniciativas que tratan de ampliar la escala del cooperativismo de consumo agroecológico en el marco de la ESS todavía son incipientes y presentan un amplio abanico de posibilidades. En este sentido, algunas podrían ser profundamente anticapitalistas y radicalmente democratizadoras; y otras, podrían parecer complementarias a la economía de mercado, orientadas a mitigar los desajustes sociales y medioambientales vigentes más que a tejer una alternativa, incluyendo una enorme gama de tonalidades grises entre ambos polos, que además pueden ser cambiantes y dinámicos para una misma experiencia. Por ejemplo, el cambio de escala en los sistemas de aprovisionamiento agroecológico podría servir para redimensionar las actividades productivas en ámbitos locales territorializados, para moderar la creciente desigualdad en el acceso a bienes y servicios, así como generar una densificación de redes comunitarias espacialmente situadas (Michelini, Méndez y Abad, 2017). Además, contribuiría a repensar algunas de las categorías centrales de la economía (bienestar y necesidades, trabajos y cuidados, aprovisionamiento), a favorecer la creación de actividades y empleos inexistentes en el contexto de competencia de mercado, así como a fomentar la democratización y gestión colectiva y participativa de la economía (Michelini, Méndez y Abad, 2017). De igual modo, propuestas como los supermercados cooperativos podrían alinearse con los ODS en el marco de la Agenda 2030 de las NNUU (Littlewood y Holt, 2018; Utting, 2018). La revisión de la literatura apunta a que las propuestas de la ESS vinculadas al aprovisionamiento alimentario agroecológico y la Soberanía Alimentaria pueden ayudar especialmente a conseguir los siguientes ODS: nº 2 (agricultura y alimentación), nº 5 (equidad de género), nº 8 (crecimiento económico y trabajo decente), nº 10 (reducir las desigualdades), y nº 12 (modelos de consumos y producción sostenibles) (Villalba-Eguiluz et al. 2020: 19). Asímismo, promover el salto de escala de la agroecología y la alimentación sostenible mediante el fomento de la logística y la comercialización cooperativas se recoge también en los objetivos políticos de los fondos Next Generation de la UE: transición ecológica y transformación digital. Y conecta por otra parte con la estrategia From farm to fork (Del campo a la mesa) del Pacto Verde de la UE (Sanz y Yacaman (2022:344).
El objetivo de este artículo es analizar hasta qué punto los nuevos modelos de aprovisionamiento de mayor escala como los supermercados cooperativos tienen una mayor capacidad para responder a los principales desafíos y dificultades que limitan a los de menor escala como los grupos de consumo. Concretamente, el artículo aborda algunas de las estrategias y mecanismos que estos proyectos desarrollan para lidiar con la homogeneidad socioeconómica entre los miembros y la falta de integración de los cuidados en la organización de la cooperativa. Asimismo, el texto aporta una breve reflexión final en torno a la moralización de la economía de estos colectivos.
El periodo comprendido entre la crisis global de 2008 y el movimiento del 15M configura el escenario de mayor expansión de los grupos y cooperativas de consumo agroecológico tanto en Catalunya como en otras comunidades. Por un lado, frente al estancamiento de la actividad económica, las políticas de austeridad y recortes sociales se incorpora la urgencia de buscar alternativas sociales de empleo, actividad y aprovisionamiento básico. Por otro lado, la propia recesión desplaza la importancia y los recursos aplicados a las políticas ambientales y a la transición ecológica, frustrando las expectativas depositadas sobre ellas (De Benito et al 2018). Como respuesta a ambas tensiones, se producen dos movimientos convergentes: 1) La emergencia de una variedad de modelos y experiencias socioeconómicas de base autogestionaria y comunitaria, organizadas para el acceso a determinados bienes y servicios (Saravia, 2011), a la vez que como proyectos de autoocupación. 2) Una importante reflexión en el entorno de los movimientos sociales acerca de los sistemas alimentarios y sus impactos socioambientales. Desde esos mimbres, los grupos de consumo agroecológicos junto con las productoras agroecológicas que, no obstante, llevaban ya más de 30 años creando redes alimentarias alternativas (López-García, 2015), se amplifican y se vuelven especialmente dinámicos (López-García y Tendero, 2013; Constanzo y Saralegui, 2017). Este crecimiento se estanca a partir del 2015 momento en el que empiezan a surgir nuevos modelos de mayor escala como los supermercados cooperativos con el fin de mejorar la sostenibilidad de las redes alimentarias alternativas.
Para abordar la sostenibilidad de estos nuevos modelos de mayor escala, nos apoyamos en tres ámbitos teóricos. En primer lugar, aquellos trabajos que analizan las desigualdades en el acceso al cooperativismo agroecológico y la reproducción de dichas desigualdades en el modelo de participación de los colectivos (Bourdieu, 1979; Narotzky, 2007; Marfà, 2019). En segundo lugar, aquellos desarrollos de la economía feminista que enlazando con la agroecología plantean vías para analizar la sostenibilidad de estos modelos en relación con la integración de los cuidados (Rivera, 2018; Trevilla e Islas, 2020). En tercer y último lugar, las aportaciones que emergen en torno al concepto de economía moral (Scott, 1976) y que ahondan en las tensiones entre los diferentes regímenes de valor y obligaciones morales que subyacen en las distintas prácticas económicas (Thompson, 1991; Narotzky, 2015; Palomera y Vetta, 2016)
Exclusión e inclusión en el cooperativismo agroecológico
El aprovisionamiento es un proceso complejo que encadena relaciones de producción, distribución, apropiación y consumo. Cada contexto espacio-temporal delimita ciertas formas y pautas de aprovisionamiento, además de vincular determinados productos y servicios a diferentes agentes sociales y mercantiles (Narotzky, 1997). Según Bourdieu (1979), la capacidad real de elección de los individuos en el consumo viene condicionada por su posición en el espacio social lo cual dependerá de la estructura y el volumen del capital económico pero también del capital social y cultural. En términos más específicos, Narotzky (2007) se refiere a los factores que delimitan las decisiones de consumo: el nivel de equipamiento público y doméstico de las personas consumidoras, la disponibilidad de tiempo y su línea de crédito, la capacidad de información, el nivel de educación y alfabetización, la condición física y el estado de salud y las fuentes y la forma de ingresos.
Los aspectos estructurales y culturales forman parte de un mismo marco que permite comprender los procesos de diferenciación social en el consumo como expresión de las condiciones sociales en las que viven las consumidoras. En esta línea, el concepto de habitus de Bourdieu, como estructura de reproducción social, apunta al proceso de distinción según las "condiciones objetivas de existencia" que generan las diferencias entre las distintas clases socioeconómicas (Bourdieu, 1979). Esta perspectiva nos ayuda a comprender qué condicionantes favorecen o limitan el acceso y la participación a las cooperativas agroecológicas, y de qué maneras se tensiona la inclusividad sociocultural y económica en estas iniciativas incluso al crecer en escala.
Marfà (2019) realiza uno de los primeros estudios en profundidad sobre la exclusión e inclusión en el cooperativismo agroecológico, aunque en general ha sido un tema subsidiario o incluso ausente en gran parte de los debates. El autor clasifica una serie de dimensiones de la diversidad y la desigualdad que analiza en diversos colectivos de consumo en Catalunya. En concreto fija 4 dimensiones: económica, temporal, social y cultural. La dimensión económica hace referencia a la posibilidad de acceso a estas redes según el poder adquisitivo de la persona (Marfà, 2019; Binimelis, 2015). En este sentido, sería un equivalente del concepto de capital económico de Bourdieu. La dimensión temporal hace referencia a la disponibilidad de tiempo para participar en estas redes. Siguiendo esta línea, diversos estudios han apuntado desigualdades en la participación debido a la incompatibilidad de los horarios laborales con los de participación en el colectivo, la participación en diversos colectivos políticos, o bien, la falta de tiempo en personas con responsabilidades de cuidados o personas dependientes a su cargo (Martín et al., 2017; Homs et al., 2021). La dimensión social se refiere a los contactos y la participación en redes que facilitan la información y acceso a estas redes (Narotzky, 2007) y que se vincula al concepto de capital social de Bourdieu (1986). Finalmente, la dimensión cultural de la exclusión se refiere a los hábitos, valores, formación y, en el caso específico que nos ocupa, se refiere especialmente a los hábitos alimentarios y culinarios, la organización del aprovisionamiento y su logística, los hábitos y criterios de consumo (Marfà, 2019; Ruiz Pascua, 2023).
En este sentido nos preguntamos si los colectivos de consumo agroecológico al cambiar de escala consiguen introducir una mayor diversidad entre los miembros en relación con las condiciones económicas, sociales y culturales. ¿Quién puede acceder y quién no puede acceder a estas redes de alimentación alternativas?
La sostenibilidad de la vida: una aproximación desde las economías feministas
Existen diversas intersecciones entre las aportaciones de la agroecología y de las perspectivas feministas (García Roces, Rivera y Soler, 2018; Rivera, 2018; Trevilla-Espinal e Islas, 2020). Entre ellas apuntamos las siguientes.
Primero, los sistemas de aprovisionamiento agroecológico se basan en los cuidados de las personas que configuran la red a través de la producción de alimentos saludables y los cuidados a otros seres vivos y el entorno (Porcher, 2021). En estos proyectos se materializan los principios agroecológicos basados en la ecodependencia y la interdependencia de la especie humanay de todas las especies. Así, la agroecología puede interpretarse desde una perspectiva ecofeminista que pone en el centro la reproducción de la vida en un sentido amplio (Federici, 2012; Pérez-Orozco, 2014).
En segundo lugar, la agroecología cuestiona desde una mirada estructural los impactos sociales y ambientales del sistema agroindustrial que invisibiliza el trabajo reproductivo y privilegia la acumulación del capital y la mercantilización de la alimentación, con graves efectos en los ecosistemas y en la salud de las personas. En este sentido, los desarrollos de la agroecología ponen de relieve la externalización de los costes sociales y ambientales de la agroindustria como, por ejemplo, la pérdida de fertilidad de la tierra, la contaminación del agua con fertilizantes y purines, los efectos de la alimentación en la salud de las personas, la pérdida de biodiversidad alimentaria y silvestre, entre otros. (Marcet, 2020). Al respecto, vemos cómo las personas participantes de los proyectos agroecológicos asumen tareas que implican mayor dedicación en tiempo y también mayores costes monetarios para asegurar la sostenibilidad socioeconómica y ambiental de los sistemas alimentarios. Entre estas tareas internalizadas destacan los trabajos de cuidados necesarios para la sostenibilidad de las redes como la resolución de conflictos, o el mantenimiento de las relaciones de confianza entre las personas consumidoras y productoras (Narotzky, Homs y Martínez, 2024).
El tercer aspecto interesante para el análisis que aporta la perspectiva feminista es la División Sexual del Trabajo (DST). La DST ha sido un elemento clave en el desarrollo del sistema de producción capitalista. Silvia Federici (2018) detalla cómo la acumulación originaria se dio no solo con el cercamiento de las tierras comunales y la conversión de la población campesina en proletariado urbano, sino también a través del salario como forma de regular y controlar las negociaciones entre los trabajadores y los empresarios (Mansilla, Grenzner, y Alberich, 2014). Además, en la esfera reproductiva se aglutinan una serie de trabajos necesarios para la reproducción de la fuerza de trabajo que serán no remunerados y realizados por las mujeres y serán esenciales para el desarrollo del capitalismo. La dicotomía entre el trabajo productivo y el trabajo reproductivo se ha perpetuado gracias a la discriminación de la mujer en las dos esferas. Las mujeres siguen siendo las principales responsables de las tareas vinculadas con los roles reproductivos, los cuidados, la gestión del hogar y la familia, la preparación de la comida, la compra o la realización de determinados trámites administrativos (Col·lectiu Punt 6, 2019). En este sentido, es necesario analizar la DST en los grupos y cooperativas de consumo: ¿Cómo se distribuye el trabajo en estos colectivos que a menudo se declaran feministas?
Las economías morales en los sistemas de aprovisionamiento agroecológico
El término "economía moral" ha cobrado fuerza en los últimos años demostrando que es un concepto esencial para analizar los valores morales y las normas culturales en los que se incrustan las prácticas económicas (Homs y Martínez, 2021). La perspectiva de la economía moral nos permite analizar cómo los agentes interpretan y redefinen las diferentes normas, atribuciones de valor, moralidades y obligaciones sociales presentes en los intercambios económicos. En particular, la economía moral ha sido fundamental para estudiar cuestiones relacionadas con la ética y el comercio de alimentos, las dimensiones culturales y políticas de los mercados de alimentos, así como los diferentes conflictos relacionados con la producción y el consumo de alimentos, la hambruna, la rebelión y la gestión de riesgos y la subsistencia (Hossain y Kalita, 2014). Thompson (1971) fue el primero en referirse a la ausencia de moralidad en la economía de mercado. En una revisión de estas cuestiones, el autor llegó a la conclusión de que las moralidades se adaptan a los diferentes tipos de economías incluida también la economía de mercado (Thompson, 1991: 270). Tanto en el enfoque revisado de Thompson como en análisis posteriores (Booth, 1994; Whyte y Wiegratz, 2016), se subraya la importancia de los conflictos y las tensiones entre los diferentes regímenes de valor y obligaciones morales que subyacen en las distintas prácticas económicas. Narotzky (2015) señala que las desigualdades generadas por ciertas formas de acumulación de capital - mediadas por formas particulares de regulación estatal- están impregnadas de normas, prácticas y significados que despliegan los agentes en diferentes posiciones socioeconómicas. Estas economías morales reproducen y refuerzan los patrones de acumulación de capital (Palomera y Vetta, 2016). Sin embargo, también puede haber situaciones en las que estos patrones se cuestionen o incluso se subviertan. En el caso que nos ocupa, vemos como determinados valores como la reciprocidad, la confianza, la justicia ambiental y social son clave para la configuración del aprovisionamiento que promueven las redes alimentarias alternativas. Pero cabe preguntarse si más allá de sustentarse en estos valores morales, estos sistemas de aprovisionamiento entrañan significados y prácticas que consiguen transformar los flujos de acumulación de capital evitando reproducir las desigualdades económicas, sociales y culturales entre los participantes.
Este artículo analiza datos de nueve proyectos de aprovisionamiento agroecológico recogidos a través del trabajo de campo etnográfico (entrevistas y observación participante) realizado entre 2020 y 2022 en Catalunya. Las entrevistas fueron semiestructuradas y en profundidad. En todos los casos se grabaron las entrevistas y posteriormente se realizó la transcripción de los audios.
Los proyectos fueron seleccionados teniendo en cuenta que se representara la diversidad en distintos aspectos: diversidad territorial, diversidad en las fórmulas jurídicas, en el año de creación, en la organización socioeconómica y en el funcionamiento de los colectivos. En concreto, se han incluido los datos recogidos en el trabajo de campo de los siguientes colectivos: Supercoop, Foodcoop, L'Artiga, La Feixa, La Bajoca, L'Economat, La Magrana Vallesana, La Fresca y El Pebre Roig. La Tabla 1 recoge algunas de las características de cada una de las iniciativas. Todos los datos corresponden a la realidad de las iniciativas durante el periodo del trabajo de campo.
Además, se ha participado en diversos cursos, talleres participativos y reuniones de trabajo impulsadas desde los propios colectivos de consumo y los Ateneus Cooperatius[1] del territorio.
Finalmente, se llevó a cabo un estudio específico en uno de los colectivos para analizar la DST. La recogida de datos se llevó a cabo a través del envío de una encuesta a todas las socias del colectivo (125 de las que 80 están activas) y se obtuvieron 55 respuestas, 4 entrevistas a miembros del colectivo y observación participante durante dos asambleas y dos tardes de recogida de las cestas.

4.1. Funcionamiento y organización de los nuevos modelos
Dentro de los proyectos que han apostado por el cambio de escala encontramos diversas estrategias de crecimiento. Por un lado, los supermercados cooperativos como Foodcoop, L'Artiga, La Feixa, Supercoop y Pebre Roig. Estos cinco casos se inspiran en el modelo del supermercado cooperativo de Foodcoop en Park Slope, Brooklyn (Estados Unidos) (Jochnowitz, 2001). Este supermercado cooperativo se fundó en 1973 y actualmente cuenta con más de 12.000 socias. El eslogan del supermercado es "comida buena a precios bajos para las socias que trabajan a través de la cooperación". El local está abierto en horario comercial convencional y para ser socia hay que aportar un trabajo de 2 horas y 45 minutos al mes basado en turnos de trabajo. Cada día hay unas 400 personas trabajando en la cooperativa de forma no remunerada y en total hay 51 personas asalariadas. En Foodcoop se pueden encontrar más de 7.000 referencias, la mayoría ecológicas y de proximidad (70%), pero también hay productos convencionales para ofrecer una mayor variedad de productos y precios. En concreto, se calcula que los precios son entre el 20 y el 40% más bajos que en otros canales de comercialización (Gauthier et al., 2019).
La creación de los distintos supermercados cooperativos en Catalunya tiene su semilla en el pase del documental sobre el citado supermercado de Brooklyn, Foodcoop (2016), y que aglutinó a personas interesadas en crear experiencias similares. Diversos informantes lamentan que desde un inicio se apostara por copiar el modelo exitoso de Brooklyn, sin profundizar en las diferencias entre los territorios que hacen que el modelo tenga que adaptarse a la realidad catalana. En estos supermercados, el modelo de participación se basa en la compra que realizan las socias, la ejecución de los turnos de trabajo obligatorios y la participación voluntaria en comisiones y grupos de trabajo. A lo largo del trabajo de campo, se ha observado que las experiencias catalanas han tendido a flexibilizar las formas de participación de las socias con el fin de mejorar la sostenibilidad de los colectivos, por ejemplo, eliminando la obligatoriedad de realizar turnos de trabajo.
Un segundo modelo de crecimiento se ha basado en el crecimiento paulatino de grupos de consumo de menor tamaño como, por ejemplo, la Fresca o La Magrana. En estos casos, el crecimiento ha sido más sostenido con picos concretos que han supuesto ampliar la jornada a las personas contratadas o el cambio a un local más grande. En general, el modelo de participación es más diverso porque las tareas cotidianas ya están solventadas por las personas contratadas y las socias pueden promover otro tipo de actividades como el mantenimiento del huerto del colectivo, acciones de sensibilización en el barrio, etc.
Un tercer modelo no muy extendido es el modelo de crecimiento basado en la creación de una cooperativa de trabajo. En toda Catalunya solo existe el caso que ha participado en la presente investigación, L'Economat. En este modelo, las socias son las trabajadoras y las consumidoras son socias colaboradoras. Es un modelo que requiere mucha menos implicación por parte de las consumidoras. De hecho, la implicación es totalmente voluntaria y se ve compensada con descuentos en los precios. Ahora bien, la toma de decisiones se lleva a cabo en la asamblea de trabajadoras, y las consumidoras solo participan en un encuentro anual donde se decide qué hacer con los beneficios generados.
Finalmente, en esta investigación también se incluye otro modelo poco extendido pero que se adapta a la realidad de los territorios con menor densidad de población. Es el caso de la red configurada por los ocho grupos de consumo de La Bajoca. Esta red es un ejemplo de crecimiento basado en la articulación de varios núcleos de consumo situados en distintos municipios con poca densidad de población. En este caso, los distintos núcleos comparten una parte de los gastos de estructura, transporte y gestión del proyecto, que están profesionalizados y que en un inicio combinaban con una parte de trabajo voluntario de las socias. Este modelo ha permitido crear grupos de consumo más viables en territorios rurales, en los que hay menos masa crítica, están muy ligados al tejido comunitario de casales[2] populares, y ello, facilita el acceso al consumo agroecológico a personas que ya participan de otros colectivos transformadores en otros ámbitos, sin tener que asumir muchas horas de trabajo para hacer funcionar el grupo de consumo.
4.2. "Los supermercados cooperativos no son una muestra del barrio"
Tal como hemos comentado en la introducción, uno de los mayores desafíos de estas redes alternativas alimentarias es conseguir una mayor diversidad socioeconómica entre las socias (Goodman y Goodman, 2009). Actualmente, prevalece un perfil socioeconómico caracterizado por un alto capital social y cultural y un capital económico medio a pesar de que los 9 proyectos incluidos en esta investigación se encuentran en espacialidades socioeconómicas muy diversas.
Este desafío ha sido una de las reflexiones más repetidas en los colectivos de menor escala en los que la mayor crítica que han recibido es la homogeneidad de las socias que participan en los colectivos y la tendencia a configurar colectivos "elitistas" (De Benito et al, 2018). Sin embargo, la agroecología es una herramienta práctica de la soberanía alimentaria y tiene por objetivo la creación de alternativas para asegurar el derecho de todas las personas a una alimentación sana, sostenible y culturalmente adecuada (Cuéllar y Sevilla-Guzmán, 2012; Follet, 2009).
Teóricamente, el aumento de escala se traduce en una reducción del precio de los alimentos y también en la creación de estructuras facilitadoras de la participación de una mayor diversidad de personas (Brunori, 2007; Sanz-Cañada, Yacamán y Perez-Campaña, 2024; Piñeiro, Suriñach y Fernández, 2017) . Ahora bien, por el momento, esto no es una realidad en las experiencias de mayor escala. Tal como nos indicaba un trabajador de un supermercado cooperativo: "los supermercados cooperativos no son una muestra del barrio donde están ubicados". Sin embargo, en todas las experiencias de esta investigación sí se han observado estrategias para afrontar esta homogeneidad entre las socias. En muchos casos, estas estrategias son compartidas entre los colectivos de diferentes tamaños. La gran diferencia entre los proyectos más grandes y los más pequeños radica en el grado de sistematización de estas estrategias que favorecen la inclusión social. En los colectivos de pequeña escala, se afrontan las situaciones de exclusión de forma individual y ad hoc, provocando que se reciba la solidaridad como una especie de caridad y lo que acaba derivando en muchos casos en el abandono de la socia del colectivo (Homs et al., 2021; Méndez y Monteserín, 2017). En los supermercados cooperativos u otros colectivos de mayor escala, en cambio, existen una serie de medidas sistematizadas o protocolos que se conocen antes que se dé la situación de vulnerabilidad de las participantes. Hemos agrupado las medidas observadas a lo largo del trabajo de campo en tres grandes tipologías: económicas, en relación con el uso del tiempo y sociales.
En relación con las medidas económicas, destacamos que en gran parte de los colectivos -tanto grandes como pequeños- se ofrece, en caso de necesidad económica, la posibilidad de intercambiar trabajo en los proyectos productivos por verduras u otros productos alimentarios. Sin embargo, no se ha observado que esta estrategia se haya llevado a la práctica en ningún caso. Así, en situación de dificultades económicas para hacer la compra, las personas, o bien no se incorporan en el colectivo, o bien lo abandonan. Una estrategia presente en los colectivos de mayor tamaño que sí que se lleva a la práctica, es la realización de trabajo voluntario a cambio de descuentos en el precio de los productos. Alguna cooperativa de gran tamaño y con un largo recorrido histórico como el Brot de Reus también considera la posibilidad de pagar diferentes cuotas en función del número de miembros de la unidad de consumo o si se está viviendo una situación socioeconómica difícil. En general, todos los colectivos intentan reducir los márgenes de beneficio de los productos al mínimo para facilitar el acceso a los alimentos agroecológicos y se marcan márgenes diferentes según la tipología de los productos según si son considerados de mayor o menor necesidad. En este sentido, los márgenes oscilan entre el 10 y el 35% dependiendo del proyecto y del producto. En general, en los productos frescos se establecen márgenes más pequeños que en otros productos envasados y procesados. En algún supermercado se ha diseñado "la cesta básica" con márgenes prácticamente inexistentes en los productos que se consideran básicos: huevos, leche, arroz, entre otros.
Diversas informantes detallaron que la reducción de precios a efectos prácticos no se puede llevar a cabo según lo esperado ya que el aumento de escala también requiere de fuertes inversiones y gastos fijos elevados que hay que pagar gracias a los márgenes de beneficio de los productos (y de las cuotas de las socias). Por el contrario, en los grupos pequeños, es común que no se aplique ningún margen al precio del producto que se le paga a la productora. En algunas ocasiones se establece un margen muy pequeño o una cuota de socia para poder hacer frente a los gastos de alquiler del local. En algunos supermercados cooperativos, para reducir los precios de los productos, se ha optado por "sacrificar" algunos criterios en la elección del producto y conseguir que estos sean más baratos. Es el caso de aquellos supermercados cooperativos que han introducido en sus estanterías productos que no proceden de sistemas agroecológicos y en algún caso tampoco son ecológicos. Este tipo de práctica facilita una mayor diversidad socioeconómica en el acceso al supermercado. No obstante, la diversificación de la oferta también genera diferenciación social en el seno del colectivo, al existir diferentes "gamas" de productos cuyo consumo expresa un cierto estatus socioeconómico (Forssell y Lankoski, 2015).
En cuanto a las medidas vinculadas al tiempo, uno de los objetivos de los supermercados cooperativos es poder ofrecer una mayor variedad de referencias que se pueden adquirir en el local con una flexibilidad horaria mayor. Mientras que en los colectivos pequeños, cada unidad de consumo tenía que hacer un pedido previo y recogerlo en las 2-4 horas de apertura semanal del local, en estas iniciativas, se puede comprar una mayor variedad sin realizar un pedido previo en un horario comercial. Finalmente, para que el tiempo no sea un impedimento para algunas personas consumidoras, en algunos colectivos, se da la opción de reparto a domicilio con un ligero recargo en el precio final de la compra.
De todos modos, queremos resaltar que, en algunos casos, ser socia de un supermercado cooperativo puede llegar a implicar incluso más trabajo voluntario que el que se "obliga" a llevar a cabo en los pequeños grupos de consumo. Por lo tanto, estos nuevos modelos seguirían limitando la participación de personas diversas en relación a la disponibilidad de tiempo. A pesar de ello hemos constatado durante el trabajo de campo, que se han ido implementando algunas medidas para facilitar el acceso y la participación. En algunos supermercados cooperativos se puede no aportar trabajo voluntario a cambio de pagar un porcentaje extra por los productos. Además, en cuatro de los supermercados cooperativos analizados, se han flexibilizado las horas de trabajo no remunerado a realizar, incluso en algunos casos no es obligatorio aportar trabajo para ser socia.
En relación con las medidas sociales, cabe destacar la falta de sistematización de medidas en este ámbito a pesar de que la justicia social es un objetivo esencial de los supermercados cooperativos. En este sentido, resulta muy difícil lograr la rentabilidad necesaria para poder implementar iniciativas destinadas a grupos sociales desfavorecidos en los supermercados sin el respaldo de las políticas públicas. De todos modos, existen proyectos puntuales como La Mimosa ligado a la asociación La Magrana Vallesana. La Mimosa es un proyecto impulsado por el Ayuntamiento de Granollers con la participación de Cruz Roja y la asociación de consumidores/as, y financiado en el marco del proyecto europeo Interlace. La Mimosa es un proyecto social que tiene por objetivo incentivar que familias en situación de vulnerabilidad formen parte del grupo de consumo agroecológico. Las familias son escogidas por los Servicios Sociales del Ayuntamiento de Granollers, junto a Cruz Roja Granollers, y participan en este proyecto, en fase piloto, desde noviembre de 2021 y con una duración de dos años. Además, de este proyecto, algunos supermercados han hecho campañas de difusión específicas dirigidas a diferentes capas de la sociedad y participan o se dan a conocer en entidades y redes del barrio de acción social.
A pesar de que la diversidad social y económica en estas iniciativas continúa siendo un importante desafío, el contexto de crecimiento de los proyectos, sí apunta a una cierta ampliación de los perfiles socioeconómicos en relación a la edad y el capital social (Fourat, Holzemer y Hudon, 2020). En esta línea, un consumidor de una cooperativa afirmaba: "Ahora estamos llegando a un sector que ya es afín ideológicamente pero que por cuestiones de edad o por lo que fuese, por una cuestión de capital social, no venían". Y continúa "hemos conseguido romper con los círculos de afinidad".
4.3. Expectativas postergadas: cuidados y feminismos
Entre los principios que guían los supermercados cooperativos y otras estructuras de crecimiento del cooperativismo agroecológico se plantea la necesidad de seguir una lógica económica basada en la sostenibilidad de la vida y no de la acumulación de capital (Pérez-Orozco, 2011). De tal modo que el objetivo de los supermercados es la creación de estructuras sostenibles tanto económicamente como social y ambientalmente que abastezcan de alimentos de forma justa a toda la población (López-García, 2015). Ahora bien, el contexto de desarrollo de estas iniciativas es el mercado capitalista y es frecuente que se acaben repitiendo dinámicas de mercado para asegurar la viabilidad económica del proyecto (Redinam, 2018). En este sentido, diversos miembros implicados en los proyectos de supermercados cooperativos suelen apuntar hacia la misma dirección: "tal como están las cosas lo primero es conseguir que sea viable económicamente y luego ya conseguiremos los otros objetivos sociales y ambientales". Debe tenerse en cuenta que para hacer el cambio de escala se han llevado a cabo inversiones iniciales por obras, que a su vez han supuesto pedir préstamos y prácticas de endeudamiento. Además, en algunos casos, la viabilidad del proyecto está ligada a la dependencia de determinadas subvenciones que a su vez ha supuesto la obligatoriedad de cumplir ciertos requisitos como el número de inserciones en el mercado laboral o la dinamización de un número determinado de talleres. Finalmente, la viabilidad económica depende del número de socias que están activas y compran de forma semanal en el supermercado. En general, en los planes de viabilidad de los supermercados cooperativos analizados se había sobreestimado el volumen de compra de las socias. Esto, a su vez, ha generado un sobredimensionamiento de trabajadoras por facturación. No es de extrañar, por tanto, que diversos informantes hayan destacado la divergencia entre lo esperado y la realidad en cuanto a los precios, el tipo de producto, los criterios, el volumen de compra de las socias y la participación.
Ante esta situación, parte de las decisiones colectivas se toman con el fin de mejorar la viabilidad económica del proyecto y, a menudo, quedan en segundo plano los valores de justicia ambiental y social. Por ejemplo, se introducen productos ecológicos de empresas convencionales para disponer de alimentos a más bajo precio o bien se incorporan productos no ecológicos con el fin de tener opciones de compra más baratas y estimular el consumo y, así, mejorar la viabilidad del proyecto.
Además, los proyectos de mayor escala también tienen por objetivo asegurar una mayor sostenibilidad a las productoras gracias al incremento de los volúmenes de compra y a la reducción de las tareas de gestión que pasan a realizarse mediante una persona profesionalizada. A pesar de que en algunos casos estos aspectos han mejorado la sostenibilidad de los proyectos productivos, debe tenerse en cuenta que en los supermercados también se tiende a una mayor diversificación de los productos y, por tanto, los volúmenes de compra realizados a cada una de las productoras siguen siendo pequeños. Tal como nos relataba una trabajadora de un supermercado: "esto nos pasa con los pollos. Cada día de la semana tenemos uno de un productor diferente que viene a traer su pollo, pero al final ¿qué pasa? Que estás vendiendo poquitos y estás haciendo un esfuerzo muy grande con el productor. El salto de escala no es lo que pretendíamos". En este sentido, por el momento, los supermercados cooperativos no han conseguido revertir la precariedad inherente a muchos de los proyectos de producción agroecológica que siguen viendo como no les salen los números. A lo largo de las entrevistas, varios informantes han destacado el cierre de diversas productoras en los últimos meses en un contexto de subida de precios de las materias primas.
Si nos fijamos en la incorporación del trabajo de cuidados en la organización y funcionamiento de los colectivos, vemos que existen diversas medidas que facilitan la incorporación de personas socias con trabajo de cuidados a cargo. Específicamente, se introduce una flexibilización en el modelo de participación que los colectivos de menor escala no contemplaban. Uno de los pilares básicos de los pequeños grupos y cooperativas de consumo era la autogestión interpretada como incompatible con la remuneración del trabajo y que consistía en hacer las cestas cada cierto número de semanas y participar en un grupo de trabajo y en las asambleas (Homs et al., 2021). En cambio, en los supermercados cooperativos y otros modelos de crecimiento, la participación se puede llevar a cabo de diversas maneras. Por ejemplo, participando en el huerto de la asociación como en La Magrana, o bien proponiendo una nueva actividad como cuentacuentos infantil en L'Economat. En general, esta flexibilización permite que las personas puedan participar según su disponibilidad de tiempo y facilitar la conciliación con otras actividades cotidianas.
En diversas conversaciones con mujeres participantes en un supermercado cooperativo se compartía que el cambio de escala debería poner atención no solo en el crecimiento del colectivo sino también en un cambio de las formas organizativas y de funcionamiento de los colectivos para evitar reproducir estructuras que mantienen las relaciones de poder (Álvarez y Berigistain, 2019). En palabras de una consumidora: "hay que hacer un cambio no solo de escala sino de estructuras, no sé, cómo lo diría, de poder, de decisión que siempre las toman o siempre están…como un rol un poco machista". La percepción que tienen los agentes sobre estas iniciativas como dinámicas y cambiantes, requiere de una evaluación periódica de los proyectos, valorando la evolución tanto en lo operativo como en la dinámica grupal, y sobre los objetivos y necesidades en cada momento. En los últimos años desde distintas iniciativas, muchas vinculadas a la Economía Social y Solidaria y a la agroecología, se están desarrollando herramientas que ayudan a evaluar los proyectos y que poco a poco incorporan estas miradas ya desde el propio inicio de los proyectos[3]. En este sentido, también en diversos supermercados se han organizado grupos de trabajo y comisiones para abordar específicamente el género y los feminismos. Algunos de los grupos de trabajo han observado y analizado prácticas concretas en la toma de decisiones, la realización de ciertas tareas, etc. para posteriormente compartir los análisis con el resto del colectivo y buscar estrategias conjuntas de mejora. En este contexto, se han desarrollado algunas herramientas como las "fichas de observación de las asambleas" o "herramientas de autodiagnóstico" desde la perspectiva feminista. Algunas de estas reflexiones articulan la necesidad de pensar el cambio de escala desde un cambio en las estructuras socioeconómicas y políticas del colectivo que tengan en cuenta las necesidades de los miembros.
Finalmente, otro de los aspectos que en diversas conversaciones ha emergido dentro de las preocupaciones de las consumidoras es la división del trabajo dentro del propio colectivo. Tal como nos expresaba una consumidora de un grupo de consumo: "En la cooperativa, yo lo que veo es que los que van a buscar las cestas son los hombres. Creo que las mujeres les decimos "ves a buscar la cesta". Ellos son los que van y la cargan (…) pero el pedido lo hacen las mujeres. Ellos van a buscar la cesta y a veces no saben ni lo que tiene que coger".
Siguiendo esta línea, se analizó de forma específica la División Sexual del Trabajo (DST) en uno de los colectivos de este estudio. Los resultados muestran como efectivamente existe una división de las tareas en base al género de los miembros de la cooperativa de consumo. Por un lado, las tareas vinculadas a recoger el pedido en el local y a hacer el pago del pedido son las dos tareas en las que los hombres están más implicados. Por otro lado, durante las asambleas de la cooperativa hemos observado una mayor participación de hombres que de mujeres. Además, en el caso de algunas mujeres participantes en las asambleas, lo hacían vía telemática combinando la actividad con trabajo doméstico y de cuidados. En cuanto a las tareas con más implicación de las mujeres son las de revisar el pedido y comunicar las incidencias, una vez hecha esta revisión; así como contestar los mails y los whatsapp que conciernen al grupo de consumo. De tal modo que incluso en colectivos que tienen como uno de los valores centrales el feminismo observamos que se mantienen la DST propia de una sociedad patriarcal (Cruz, López-García, Ortiz, Rodríguez y del Valle, 2006).
4.4. La (re)moralización de la economía
Los sistemas de aprovisionamiento agroecológico proponen (re)incrustar los sistemas alimentarios en prácticas de solidaridad y cooperación entre las productoras y las consumidoras, así como en valores de justicia social y ambiental (Carlisle, 2015; Goodman, 2004; Le Velly, 2017; Narotzky, Homs y Martínez, 2024). De tal modo que los participantes detallan que existen una serie de valores y obligaciones morales en las que se sustenta la economía de estos colectivos (Galt, 2013). A menudo se alude a estos valores como una especificidad de los colectivos que forman parte de la ESS y que les distingue de la economía capitalista carente de valores. Ahora bien, tal como comentábamos en el marco teórico, todas las economías, también la economía de mercado, tienen sus propios valores y obligaciones morales (Booth, 1994). Uno de los ejemplos paradigmáticos donde se pueden analizar estos distintos valores y obligaciones morales es en el establecimiento de los precios en las redes alimentarias alternativas. Los precios de los alimentos que se intercambian en estos sistemas de aprovisionamiento deben ser justos tanto para las productoras como para las consumidoras (Goodman, 2005). Un precio justo que permita vivir dignamente a las personas que han cultivado los alimentos, pero también un precio justo para las personas que los consumen sin que haya un acaparamiento del beneficio por parte de otros agentes como los intermediarios (Del Prete y Samoggia, 2023). Además, el proceso de establecimiento de precios ha de ser autónomo en relación al mercado y al estado (Homs y Narotzky, 2019). Sin embargo, el establecimiento conjunto de los precios no está libre de tensiones; tal como se puede observar en la siguiente cita de una productora refiriéndose a la necesidad constante de defender los precios ante las consumidoras: "La gente acepta que, si pides un mueble a un carpintero hecho a mano, no pagarás lo mismo que si compras el mueble en el IKEA hecho en la China, no? Esto es una cosa que hay que asumir. Es una lucha poder vender a un precio justo y la gente aún se queja (refiriéndose a las consumidoras de los grupos de consumo)". Así, el valor de justicia genera tensiones entre las productoras y las consumidoras que interpretan el precio justo de formas distintas (Martínez, 2018).
Las economías morales integran la economía política porque se centran en cómo el capital y las relaciones de clase se insertan en un tiempo y espacio específicos con prácticas particulares de reproducción social (Palomera y Vetta, 2016). En este sentido, nos preguntamos si los valores morales de los sistemas de aprovisionamiento implican una transformación en las prácticas económicas en relación con los flujos de capital y la reproducción de las desigualdades sociales, o bien estamos ante otros valores morales con otras concepciones de la justicia pero que siguen alimentando las relaciones de desigualdad en un marco capitalista.
Tras la observación y el análisis del trabajo de campo, vemos cómo las prácticas de estos colectivos abordan la relocalización y reincrustación de la economía a través de la creación de relaciones sociales y comunidades entre las personas consumidoras y las productoras con objetivos distintos a la acumulación de capital. Ahora bien, su potencial de transformación en el ámbito del consumo es ciertamente limitado en tanto que proponen un estilo de vida "alternativo" basado en un cambio en los hábitos de consumo (Goodman, 2004; De Benito, 2016). Algunos de los cambios observados hacen referencia estrictamente al consumo alimentario como el reducir el consumo de carne, disminuir la frecuencia de comidas en restaurantes o la recuperación de saberes prácticos en torno a la preparación, conservación y uso de los alimentos. Otros cambios van más allá de los hábitos alimentarios y tienen que ver con la participación en la toma de decisiones colectivas, así como la vinculación con otros colectivos (Homs, 2013; De Benito, Morales y Simón: 2018). Sin embargo, todos estos cambios, se refieren a la posibilidad de que determinadas personas en una posición concreta de la estructura socioeconómica tengan acceso a alimentos sanos y sostenibles. Estos alimentos internalizan los costes de la producción agroalimentaria generando diferenciación social entre las consumidoras que pueden acceder a estas redes y las que no. Además, tras este cambio en los hábitos de consumo, no se subvierten las relaciones de producción, ni los flujos de acumulación de capital, por lo tanto, el alcance transformador de estos hábitos de consumo está limitado en un contexto capitalista en el que el resto de las dinámicas no se modifican.
Los sistemas de aprovisionamiento agroecológico añaden valores sociales y ambientales a los alimentos. Pero del mismo modo que ocurre en las propuestas de menor escala (Homs et al., 2019), en los supermercados cooperativos, estos valores acaban redefiniéndose y aumentando el Valor de los alimentos. El precio de los alimentos agroecológicos acaba incluyendo los costes sociales y ambientales de la producción agroalimentaria que la agroindustria sistemáticamente externaliza. Esta internalización de los costes sociales y ambientales de los sistemas alimentarios dificulta la viabilidad económica de los proyectos agroecológicos en un contexto capitalista guiado por la lógica de la acumulación de capital que presiona sobre los precios (Llonch, 2020). De tal modo que acaba generando diferenciación social en las redes alimentarias alternativas. Esta ha sido una de las principales críticas que han recibido estas redes, en tanto que no logran garantizar el acceso a una alimentación saludable y sostenible para una diversidad de capas sociales, se trata más bien de una remoralización de los sistemas alimentarios accesible para unas pocas personas. Estas redes proponen una reincrustación de los sistemas alimentarios en unos valores distintos a los de la economía capitalista pero que no subvierten la economía política hegemónica. Ello en parte es debido a su pequeña escala y a las limitaciones que emergen en los colectivos que han decidido aumentar la escala, pero especialmente responde a la hegemonía del contexto de mercado (Gindin, 2016). En otras palabras, no existe una coexistencia de los distintos regímenes de valores, sino que en un contexto de mercado capitalista, el Valor acaba tomando un papel central en el desarrollo de estas redes (Palomera y Vetta, 2016).
A pesar de que uno de los objetivos del cambio de escala de los sistemas de aprovisionamiento agroecológico es bajar los precios y flexibilizar el modelo de participación con el fin de facilitar el acceso a otros perfiles de personas, observamos dificultades en los dos aspectos (Martín, Flores-Pons, Homs y Espelt, 2018). Por un lado, los precios de los alimentos en los colectivos de mayor escala no son más bajos que en los pequeños grupos de consumo. Por otro lado, en el caso de los supermercados cooperativos se sigue exigiendo la realización de trabajo no remunerado que dificulta la participación continuada de las personas socias, al no ser compatible con sus ritmos y necesidad de trabajo asalariado, de demandas familiares de cuidados, de tiempos dedicados a la militancia, etc. En definitiva, la inclusión socioeconómica sigue siendo un gran reto de los proyectos de mayor escala.
La integración de los cuidados en estas redes ha quedado en un segundo término y no se ha priorizado en los colectivos (Fourat, Closson, Holzemer, y Hudon, 2020). De tal modo que el cambio de escala no se ha hecho desde una perspectiva horizontal repensando las estructuras socioeconómicas y políticas de los colectivos sino más bien en un sentido vertical que prioriza el aumento del número de consumidoras, mayor variedad en los productos, etc., para mejorar la rentabilidad económica del proyecto y garantizar así su sustentabilidad y viabilidad. Ahora bien, diversos colectivos que han cambiado de escala ponen sobre la mesa valores feministas y en algunos casos se han organizado comisiones que abordan de forma explícita las relaciones de género en el colectivo, o bien se han elaborado herramientas colectivas para hacer un autodiagnóstico sobre este tema. Por el momento, el aumento de escala no ha transformado la DST en los colectivos y sigue siendo un tema pendiente en estas redes.
En gran parte de los casos estudiados, existe una tensión entre la viabilidad económica de estos proyectos y la sostenibilidad social y ambiental de los mismos (Llonch, 2020). El cambio de escala tiene un coste económico muy elevado (inversiones, créditos, etc.) así como unos riesgos financieros mayores que las propuestas de los grupos de consumo de menor escala. Para poder asegurar la viabilidad económica se necesita el compromiso político de un gran número de socias a nivel de volumen de compra, pero también de la implicación activista de las socias. En este sentido, se repite una de las grandes limitaciones de los proyectos de menor escala, la dependencia del trabajo no remunerado de un gran número de personas dispuestas a impulsar el proyecto (Martín, Homs y Flores-Pons, 2017).
En este sentido, cerramos el texto con una reflexión sobre las implicaciones de estas (in)sostenibilidades de las redes alimentarias alternativas en las personas productoras que desarrollan proyectos agroecológicos que luchan y resisten en un contexto agroindustrial. Tal como nos relataba una agricultora agroecológica, que tuvo que cerrar su proyecto por inviabilidad económica y necesidades de cuidados familiares, al referirse al dilema de la transformación en el ámbito del consumo y de la producción alimentaria:
"yo trabajo tantas horas y cobro tanto al mes, y tú (refiriéndose a las consumidoras) ¿cuánto cobras? Si jugamos a lo personal, juguemos a lo personal, con todas las cartas sobre la mesa, o sea, destapa tú también tus cartas. ¿A qué estás dedicando tu salario y yo a que lo estoy destinando? Todo el mundo es libre de decidir, ¿eh? Pero si tú me estás diciendo cómo tengo que hacer mi trabajo y vender mi producto, yo te pregunto, y tú ¿cómo vives tu vida a nivel de gastos?"
En la misma línea que detalla Goodman (2004) para el caso del comercio justo, en estas redes alimentarias alternativas, la economía moral se construye en la práctica cotidiana con implicaciones políticas y vitales diferentes, entre las personas productoras que luchan por un medio de vida, y las personas consumidoras que escogen un estilo de vida basado en un cambio en los hábitos de consumo.
El salto de escala del cooperativismo agroecológico mediante el fomento de la logística y la comercialización a través de los supermercados cooperativos puede contribuir a realizar transformaciones que han sido ratificadas desde las instituciones públicas y los gobiernos como muestra la agenda 2030, los ODS o el Pacto de Milán. Entre otras cuestiones podrían: promover maneras de producir y distribuir los alimentos respetuosas con el medio, reorientar los hábitos de consumo hacia prácticas más responsables y saludables, establecer la equidad de género en los ámbitos laborales y de participación, implementar condiciones de trabajo dignas, animar a la implicación y participación ciudadana en la transición ecosocial. Ahora bien, todas estas cuestiones no dependen solo y exclusivamente de los esfuerzos de las participantes en estas iniciativas puesto que dichas estructuras de distribución y comercialización se insertan en la lógica de los mecanismos de mercado. Su escalabilidad evidencia una tensión permanente y difícilmente superable en el actual contexto político económico, entre los condicionantes culturales, materiales y estructurales que les atraviesan y el deseo y voluntad de los/as participantes de "crecer, pero de otra manera", ampliar su ámbito de acción para amplificar sus propuestas a un público social más amplio, ser viables económicamente y conservar su autonomía.
Las autoras declaran no tener conflictos de interés.
Patricia Homs Ramírez de la Piscina (autora 1): Conceptualización, Metodología, Análisis, Investigación, Curación de Datos, Recursos, Administración del proyecto, Adquisición de fondos, Supervisión, Redacción (Borrador original, revisión y edición). Sara Sama Acedo (autora 2): Conceptualización, Metodología, Adquisición de fondos, administración y supervisión como IP del I+D+i en el que se inserta esta investigación, Redacción (Revisión y edición). David Berná Serna (autor 3): Conceptualización, Visualización, Redacción (Revisión y edición).
Este artículo forma parte del proyecto I+D+i Cambiando los paradigmas: prácticas y discursos de las “Economías transformadoras” en un contexto de urgencia ecosocial (PID2019-106757GA-I00_financiado por MCIN/AEI/ 10.13039/501100011033).
Patricia Homs agradece a L’Aresta, La Bajoca, la Fundació Roca i Galés, ACCID y Coopcamp los recursos facilitados para el desarrollo de esta investigación. Así como a todas las personas que han compartido sus relatos y vivencias a lo largo del trabajo de campo.
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[1] Los Ateneus Cooperatius son redes de entidades, principalmente pertenecientes al sector de la ESS, subvencionadas por el Gobierno catalán desde octubre del 2016 con el objetivo de promocionar la fórmula cooperativa en los distintos territorios. Los objetivos principales de los ateneos cooperativos son visibilizar e impulsar la creación de empresas cooperativas y mejorar el mercado laboral en las distintas áreas territoriales a través de las mismas.
[2] Se denomina “casal” a aquellos espacios populares autogestionados con carácter cultural, político, social.
[3] Algunas de estas herramientas son: el patriarcalitest, Sostevidabilidad, Guía de trucos y remedios para un emprendimiento que ponga la vida en el centro y Viajando por lo invisible.